Soy Celeste
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Belgrano de Cordoba - Soy Celeste

Juan Carlos Olave homenajeó a los trabajadores de Alberdi.

Es el póster del ídolo en el taller y esa misma figura que trajo tantas alegrías y sale en la tapa de los diarios que hay que vocear alto. Se trata de un nombre inconfundible que acompaña las figuritas que los chicos llevan para jugar en los recreos y que despierta admiración en sus docentes; también asume el rol del tipo que hizo historia porque es hincha y hasta que se muera será motivo de orgullo y charla entre los parroquianos de ese comedor y los entrañables mozos de siempre. Es el dios celeste del almacenero al que tiene pegado en una calcomanía al lado de la balanza y al que suele rezarle cuando la venta viene baja, como si tuviera el poder de levantarla.

Es el ídolo que todos soñaban conocer y que de manera sorpresiva apareció en sus laburos, para celebrar el Día del Trabajador. ¿Que no? Acá va la historia de esos hinchas de Belgrano que conocieron a Juan Carlos Olave en el medio de su actividad y vivieron un momento que colgarán por siempre en cualquiera de las paredes del cuarto que representa la memoria.

El exarquero y actual mánager del club se animó a una recorrida por el barrio Alberdi, en la que regaló camisetas firmadas por los jugadores del primer equipo y personalizadas con el nombre de cada uno de los trabajadores que las recibían, en una iniciativa de Belgrano y su tienda oficial, de la cual también participó Mundo D.

Historias

“Dale. Me encanta. La república de Alberdi es muy grande. ¿Por dónde arrancamos?”, fue todo lo que dijo “Juanca”. Y allá fue hacia la primera parada: Neuquén 115. Allí, Pablo tiene uno de los tradicionales almacenes del barrio con sus muros llenos de fotos del exarquero, de José Luis Villarreal, de Julio César Villagra, de Maradona con la celeste en aquel inolvidable partido de 1986.

Delantal verde, remera celeste abajo con una inscripción a favor de la reapertura de la Piojera, este fana celeste casi se infarta cuando vio entrar a “JC”. “Belgrano es un pedazo de mi vida. Calculá que mi vieja nació en la Cervecería. Y que haya venido mi ídolo es increíble”, dijo Pablo, feliz por el momento y porque, además, su ídolo le obsequió una camiseta firmada por todos sus jugadores.

La recorrida continuó por una esquina tradicional. En el puesto de diarios y revistas de Neuquén y Colón, Hugo promediaba su mañana sin saber que sería inolvidable. “Nooo. Hola, hermano. Justo vos. Somos canillitas de alma y de familia”, le dijo Hugo a su ídolo, quien de pibe también realizó el oficio con su familia. “Estoy muy emocionado. No puedo hablar. Gracias por la camiseta y las alegrías”, agregó, mientras la Colón alteraba su tráfico ya que desde los autos, colectivos y utilitarios partían los bocinazos si es que no se paraban, al tiempo que la vereda también resultaba chica para la gente que se arrimaba.

La siguiente parada fue en la calle Caseros, apenas pasando Paraguay. Ahí está sede del Club Cultural, Social y Deportivo Ime (Industrias Mecánicas del Estado, que dejó su huella por haber fabricado el Rastrojero, entre otras cosas), donde funciona el comedor cuyo encargado es otro “fana” de Belgrano. Olave entró, todos los parroquianos dejaron de comer y hablar para mirarlo, mientras el encargado y los mozos empezaban a preguntarse si era cierto. “Es mi ídolo. ¡Miren! Te agradezco a vos y al club por el gesto”, resaltó Dante, el homenajeado. “Ja… Si me habrás puteado. Acá tenés esta camiseta de Sequeira. Representás a muchos trabajadores de Belgrano que dignifican este día tan especial”, le dijo Olave, quien saludó a todos y partió hacia otra estación.

Revolución

Nicolás ya tenía hambre. Estaba dele meterle mano a un utilitario en el taller de Enfermera Clermont al 800. Había mirado como todos los días los distintos pósters de Belgrano sin saber que una de esas figuras se le presentaría cara a cara y no, precisamente, para que le arreglara el auto.

“Es la mejor sorpresa que me pueden haber dado. No sé. Sacame una foto para que lo crea”, alcanzó a decir. Y mientras se desarrollaba la acción, el barrio se vino a su taller. La gente rodeó a Olave, los autos comenzaron a pararse y hasta un transporte escolar detuvo la marcha del vehículo para ir a sacarse una foto con el ídolo. Es más, los pibes que iban arriba, también lo siguieron y en un ratito, hubo entre 100 y 200 personas cortando la calle.

Cuando “JCO” logró salir de ahí, se dirigió a calle Rioja al 2600. El Instituto San Jerónimo se revolucionó. Literal. Natalia fue la maestra jardinera distinguida, pero el lugar se transformó en un hormiguero humano en el que se mezclaban niños y niñas, colegas y trabajadoras del colegio. La alegría de esa mujer apenas podía ser descripta. “Estoy feliz, feliz. ¡Mi gran sueño, cumplido!”, gritaba Natalia y pegaba unos saltos tremendos. “¿Viste que algún día iba a venir?”, dijo Olave.

Unos 40 minutos después, Olave logró salir. “Estuvo bueno: hay que repetir”, fue su conclusión. La misma a la que muchos futbolistas tienen que arribar.

No hay Belgrano sin tipos como Olave, pero tampoco puede haberlo sin que la gente pueda disfrutar de sus ídolos. 

 

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